La Baja Edad Media

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La humillación de Canossa

La humillación de canossa fue el acto de sumisión al que tuvo que presentarse Enrique IV para obtener la revocación de su excomunión, ordenada por el papa Gregorio VII. El episodio acaecido en el año 1077, supuso un hito en el transcurso de la Querella de las Investiduras, el conflicto entre el papado y el imperio en el que se dirimía cuál de las dos autoridades tenía el derecho de otorgar los cargos eclesiásticos. En esta línea, el papa Gregorio VII, principal impulsor de la reforma, en 1075 dictó el Dictatus papae, cuyos axiomas principales giraban en torno a tres ideas: el papa es el señor supremo del mundo y la Iglesia romana no ha errado ni errará jamás.

Sin embargo, Enrique IV no parecía dispuesto a admitir la menos merma de su autoridad imperial y mostró cierto desdén e indiferencia hacia las prescripciones pontificias, lo que le valió la amenaza de excomunión. La advertencia no solo le amedrantó, sino que convocó un sínodo en Worms en 1076 con prelados alemanes donde todos manifestaron abiertamente su rechazo al pontífice y a sus planes reformadores. La asamblea, respaldada por el clero, culminó con la deposición del papa, quien cumplió su amenaza y excomulgó al emperador. Gregorio VII, además, añadió una resolución de dispensa a los súbditos del emperador del juramento de fidelidad prestado, declaró la deposición del rey de su trono imperial hasta que pidiese perdón, y prohibió que fuera reconocido como rey. Temeroso de una rebelión, Enrique IV se vio obligado a solicitar la revocación de su excomunión, con lo que inició un viaje hacia Italia, donde está en aquel momento. Alertado de visita inminente del emperador, el papa pidió a Matilde de Canossa que le refugiase en su inexpugnable castillo. Pero el emperador no venía acompañado de ningún ejército, como el pontífice imaginaba, sino como un penitente arrepentido que deseaba retornar al seno de la Iglesia mediante la revocación de su excomunión. Cuando llegó a Canossa el 25 de enero de 1077, el emperador solicitó se recibido por su santidad, el cual, antes de acceder a la entrevista, dejó transcurrir tres jornadas. Durante esos días, y como prueba de su sumisión, el emperador aguardó a la puerta de la fortaleza, descalza y arropada con una sola capa. El papa sorprendido, por la inesperada humildad de su enemigo, accedió rápidamente a perdonarle y absolverle.

El emperador, una vez reafirmada su autoridad sobre los feudatarios, regresó de nuevo a Italia, nombró un antipapa (Clemente III) y asedió en Castel Sant´Angelo a Gregorio VII. Aunque gracias a la ayuda de Roberto Guiscardo el papa depuesto logró escapar, nunca más pudo regresar y murió exiliado en Salerno en 1085. Finalmente, Enrique IV, traicionado por sus propios hijos y obligado a abdicar, acabó sus días igual que lo hizo su rival, muriendo exiliado en Lieja en 1106.

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